No es solo una cuestión de actitud
Hay una lectura fácil después de una derrota dura: señalar la actitud, la entrega, el deseo. Pero reducir el presente de San Isidro a una cuestión anímica sería sim...
Hay una lectura fácil después de una derrota dura: señalar la actitud, la entrega, el deseo. Pero reducir el presente de San Isidro a una cuestión anímica sería simplificar demasiado una historia mucho más profunda.
Porque San Isidro no se olvidó de jugar al básquet en una noche. Setenta y dos horas antes del paso en falso que sorprendió en el tercer punto de la final, el equipo de Sebastián Porta había mostrado prácticamente la misma superioridad que después exhibió Lanús en el “Antonio Rotili”. La diferencia entre una imagen y otra fue brutal, sí. Tan brusca que cuesta encontrar explicaciones lineales.
Y justamente por eso el análisis exige algo más que quedarse en la superficie.
Es cierto: San Isidro de visitante nunca fue una garantía absoluta durante la temporada. Fue una cuenta pendiente durante varios tramos del campeonato. Pero también es verdad que las victorias en Salta y, sobre todo, en Colón, habían comenzado a sanar esa herida. Habían entregado señales de madurez competitiva, de un equipo capaz de responder lejos de casa cuando el escenario apretaba.
Sin embargo, todo lo malo, o lo peor, si se quiere, que puede mostrar un equipo en un partido apareció el lunes en Lanús. Desconexiones, errores, pérdida de identidad, falta de respuestas. Una de esas noches donde nada sale y donde el rival, además, aprovecha absolutamente todo.
Ahora llegó el momento de redimirse. No solamente para igualar una serie. No únicamente para seguir respirando en la final. San Isidro juega algo mucho más grande: una temporada entera, una construcción colectiva, una identidad que lo tuvo como candidato desde el primer día.
También juega por un orgullo que quedó golpeado. Y dentro de todo lo que dejó la derrota, existe una noticia positiva: el básquet, a diferencia de otros deportes, suele ofrecer revancha rápida. Una segunda oportunidad concreta. No todo se fue al tacho por una noche para el olvido. El margen es mínimo, pero existe.
Por eso San Isidro deberá apretar ese botón interno de “Modo Sani”, ese estado competitivo que tantas veces apareció en los momentos determinantes.
Porque a esta altura ya no se trata de cumplir. Tampoco alcanza solamente con competir. En estas instancias se trata de trascender.
Y trascender implica convivir con la presión, responder cuando la incomodidad es máxima y encontrar versiones superadoras cuando el contexto parece adverso.
San Isidro tiene con qué hacerlo. No es un improvisado en temas de finales. Conoce el terreno que pisa. Sus protagonistas principales saben perfectamente de qué se trata jugar con la temporada en juego. Ya atravesaron escenarios límite, ya convivieron con la obligación y con la necesidad.
Y, por si hacía falta recordarlo, son los mismos que hace menos de cinco días dieron muestras claras del nivel que pueden alcanzar.
Ahora llegó la hora de demostrar que aquel lunes no fue San Isidro. O mejor dicho: que el verdadero San Isidro todavía tiene algo más para decir.
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