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Siri Hustvedt y el libro que escribió para seguir hablando con Paul Auster
Buenos Aires, 13 septiembre (NA) - Por primera vez en más de cuarenta años, Siri Hustvedt terminó un libro sin la lectura de Paul Auster. Historias de fantasmas (Seix Barral) es la respuesta de la ...
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Buenos Aires, 13 septiembre (NA) - Por primera vez en más de cuarenta años, Siri Hustvedt terminó un libro sin la lectura de Paul Auster. Historias de fantasmas (Seix Barral) es la respuesta de la escritora estadounidense a la muerte de su marido, ocurrida en abril de 2024 a causa de un cáncer de pulmón, a los 77 años.
Hustvedt eligió no escribir unas memorias convencionales. Ella misma describe el libro como un "patchwork": diarios que llevó entre noviembre de 2023 y mayo de 2024, mientras acompañaba la enfermedad de Auster; los mails que enviaba a amigos para mantenerlos al tanto; cartas de amor de 1981, cuando se conocieron en una lectura de poesía en Nueva York; y las cartas que Auster le escribió, ya enfermo, a Miles, el nieto de la pareja, un texto inconcluso que pensaba dejarle como legado.
De ese entrelazado de materiales surge un relato de más de cuarenta años de vida compartida: se conocieron en 1981 y se casaron un año después, ella nacida en Minnesota y él neoyorquino. El relato no idealiza el vínculo —Hustvedt incluye también las tensiones y la vida cotidiana de la pareja, y llega a comparar la obstinación de Auster con la del Bartleby de Melville— ni se detiene solo en la intimidad: durante cuatro décadas, ambos sostuvieron carreras literarias personales sin dejar de ser, el uno para el otro, el primer lector de cada página que escribían. Ella construyó una obra como novelista y ensayista, además de ensayos que cruzan literatura y neurociencia; él se consagró con La trilogía de Nueva York y siguió con novelas como Moon Palace, Sunset Park y 4 3 2 1.
Hustvedt cuenta que el día del funeral de su marido sintió con enorme nitidez que él entraba a la habitación, y que después percibió el olor a los cigarros que él solía fumar. En vez de descartar esas experiencias, las piensa a la luz de la investigación sobre el duelo: recuerda que entre el 30% y el 60% de las personas que atraviesan una pérdida experimentan algún tipo de alucinación vinculada al ausente, y recurre a la fenomenología de Merleau-Ponty sobre el miembro fantasma para explicar cómo el cerebro sigue reconstruyendo la presencia de esa otra persona que había pasado a formar parte de uno mismo.
La autora también pone nombre a otro efecto del duelo, al que llama "astillamiento cognitivo": una fragmentación de la memoria y una sensación de desorientación que la acompañó en los primeros tiempos después de la muerte de Auster. Dos años más tarde, cuenta, esa memoria empezó a recomponerse, en paralelo al propio proceso de escribir el libro.
El libro no se limita a la enfermedad y la muerte de Auster. La autora decidió contar por primera vez las tragedias familiares anteriores, las muertes de Daniel, el hijo de Auster, y de Ruby, la nieta del escritor en un episodio de sobredosis. Un intento de ser honesta con lo que su marido había atravesado en los últimos años de su vida.
Antes de morir, Auster le había confesado a Hustvedt su voluntad de volver como fantasma para ver lo que ella siguiera escribiendo, algo que ella interpreta como una apuesta a favor de la vida. En ese sentido, Historias de fantasmas funciona menos como un cierre que como la continuación de una conversación literaria que la pareja sostuvo durante cuatro décadas, incluido el ritual de leerse en voz alta lo que escribían cada día en la biblioteca de su casa en Brooklyn.
Agencia NA
Hustvedt eligió no escribir unas memorias convencionales. Ella misma describe el libro como un "patchwork": diarios que llevó entre noviembre de 2023 y mayo de 2024, mientras acompañaba la enfermedad de Auster; los mails que enviaba a amigos para mantenerlos al tanto; cartas de amor de 1981, cuando se conocieron en una lectura de poesía en Nueva York; y las cartas que Auster le escribió, ya enfermo, a Miles, el nieto de la pareja, un texto inconcluso que pensaba dejarle como legado.
De ese entrelazado de materiales surge un relato de más de cuarenta años de vida compartida: se conocieron en 1981 y se casaron un año después, ella nacida en Minnesota y él neoyorquino. El relato no idealiza el vínculo —Hustvedt incluye también las tensiones y la vida cotidiana de la pareja, y llega a comparar la obstinación de Auster con la del Bartleby de Melville— ni se detiene solo en la intimidad: durante cuatro décadas, ambos sostuvieron carreras literarias personales sin dejar de ser, el uno para el otro, el primer lector de cada página que escribían. Ella construyó una obra como novelista y ensayista, además de ensayos que cruzan literatura y neurociencia; él se consagró con La trilogía de Nueva York y siguió con novelas como Moon Palace, Sunset Park y 4 3 2 1.
Hustvedt cuenta que el día del funeral de su marido sintió con enorme nitidez que él entraba a la habitación, y que después percibió el olor a los cigarros que él solía fumar. En vez de descartar esas experiencias, las piensa a la luz de la investigación sobre el duelo: recuerda que entre el 30% y el 60% de las personas que atraviesan una pérdida experimentan algún tipo de alucinación vinculada al ausente, y recurre a la fenomenología de Merleau-Ponty sobre el miembro fantasma para explicar cómo el cerebro sigue reconstruyendo la presencia de esa otra persona que había pasado a formar parte de uno mismo.
La autora también pone nombre a otro efecto del duelo, al que llama "astillamiento cognitivo": una fragmentación de la memoria y una sensación de desorientación que la acompañó en los primeros tiempos después de la muerte de Auster. Dos años más tarde, cuenta, esa memoria empezó a recomponerse, en paralelo al propio proceso de escribir el libro.
El libro no se limita a la enfermedad y la muerte de Auster. La autora decidió contar por primera vez las tragedias familiares anteriores, las muertes de Daniel, el hijo de Auster, y de Ruby, la nieta del escritor en un episodio de sobredosis. Un intento de ser honesta con lo que su marido había atravesado en los últimos años de su vida.
Antes de morir, Auster le había confesado a Hustvedt su voluntad de volver como fantasma para ver lo que ella siguiera escribiendo, algo que ella interpreta como una apuesta a favor de la vida. En ese sentido, Historias de fantasmas funciona menos como un cierre que como la continuación de una conversación literaria que la pareja sostuvo durante cuatro décadas, incluido el ritual de leerse en voz alta lo que escribían cada día en la biblioteca de su casa en Brooklyn.
Agencia NA
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